Bone Tomahawk
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A propósito de algunas recientes superproducciones de Hollywood (El renacido, Los odiosos ocho), en los últimos tiempos se ha hablado de un cierto revival del western. Lo cierto es que, con más o menos películas por año, este género siempre se ha mantenido vivo gracias a las miradas de grandes cineastas (Ford, Hawks, Mann, Peckinpah, Leone) y a las aportaciones que han hecho en las últimas décadas interesantes directores que, manteniéndose respetuosos con los clásicos, trazan nuevos caminos por los que expandir el inacabable universo del Oeste americano. Actualmente en la cartelera tenemos un claro ejemplo con la película Bone Tomahawk, la ópera prima del director, escritor y músico S. Craig Zahler.

El esquema argumental de Bone Tomahawk no es innovador: en la pequeña localidad de Bright Hope, una mujer y un ayudante del sheriff son secuestrados por una tribu aborigen, después de la misteriosa aparición de un forajido. El cuarteto protagonista, un curtido sheriff (Kurt Russell), su anciano y despistado ayudante (Richard Jenkins), un marido lisiado (Patrick Wilson) y un pistolero engreído (Matthew Fox), emprende la clásica operación de rescate en territorio hostil. Como en todo western que se precie, tenemos jinetes a caballo en un paisaje árido, conversaciones nocturnas alrededor de una hoguera y enfrentamiento final a vida o muerte, en un relato sobre el honor, la lealtad y el deber. Pero, además de todo ello, estamos ante un western diferente, excepcional.

Antes de emprender la escritura y realización de esta película, Craig Zahler ya tenía experiencia en este género a través de la literatura. Para su debut en el cine partió de una de sus novelas del Oeste para confeccionar un sólido guión que, tras la introducción del conflicto y de los personajes principales, revela en el segundo acto su verdadera naturaleza: los lugares comunes y los personajes arquetípicos se desmarcan de la tradición del género y Bone Tomahawk se erige en un relato intimista sobre una serie de personajes complejos empujados hacia un descenso a los infiernos tan real como palpable. Un western con elementos de las películas de terror, con ecos del survival horror y, a su vez, de las comedias más sutiles, de ritmo sosegado, en el que priman las relaciones, honestas y delicadas, entre los personajes por encima de la acción, y cuyos diálogos, secos y brillantes, son equiparables a los de las mejores novelas de Hemingway.

Bone Tomahawk

Este coctel explosivo que es Bone Tomahawk juega de manera gratificante con las expectativas del espectador, dinamitando la narrativa convencional del género en su guión y con una realización en la que destacan la fascinante puesta en escena, el acertado uso del fuera de campo y el hábil sentido de la elipsis. Por su parte, la fotografía de Benji Bakshi propone texturas apagadas que realzan el espíritu decadente de la historia y nos sitúan a la perfección en la atmósfera opresiva e inquietante del relato. La banda sonora, obra del propio Craig Zahler y el músico Jeff Herriott, minimalista, presente únicamente en las escenas de acción, añade verosimilitud y tensión al relato.

Este western atípico, de desarrollo pausado pero no aburrido, y omnipresente inquietud, deja en segundo plano la acción (salvo en el tramo final donde se desata de forma brutal, no apta para todos los públicos), centrándose en unos personajes profundos y ricos en matices, al contrario de lo que pasa en otros westerns, clásicos y modernos, en los que habitan personajes unidimensionales, planos. Su devenir por territorio enemigo, lo que cuentan y lo que callan nos descubre sus complejas personalidades, tan dispares entre sí como similar es su sentido del deber. En medio de una peripecia suicida, son las interrelaciones de estos personajes creíbles y cercanos, donde Bone Tomahawk crece y se hace distintiva. En este sentido, el trabajo de Craig Zahler en la dirección de actores logra su objetivo y todo el reparto está a un gran nivel. Kurt Russell, en un papel similar en cuanto a tono a su personaje de Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015), compone un sheriff tan desconfiado como hastiado ante un entorno que le supera; Matthew Fox (Jack en la mítica Perdidos) y Patrick Wilson bordan sus mejores papeles en cine hasta la fecha, ganando sus personajes en profundidad a medida que avanza el metraje; pero es un enorme Richard Jenkins quien se convierte en la estrella de la función. Su personaje, parecido al ayudante del sheriff interpretado por Walter Brennan en Río Bravo (Howard Hawks, 1959), es el alma del film y goza de las mejores líneas de diálogo.

En definitiva, estamos ante una película valiente y diferente que posiblemente se convierta en una referencia de culto en su género dentro de pocos años. Debido a las servidumbres de la distribución cinematográfica, Bone Tomahawk únicamente se puede ver en un par de cines de Barcelona y por tiempo limitado. Sirva este texto para animar a todos los amantes del western, y por extensión del cine en general, que acudan a ver esta fantástica obra que combina clasicismo y modernidad, una mezcla entre pasado y futuro imposible de olvidar.

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