La nostalgia es puñetera y en las series de televisión lo es mucho. Hay series que nos han marcado en una época determinada y años después la seguimos recordando con un aura especial. Pero ay el día que por fin nos la devuelven y la nueva serie recuperada debe mirarse al espejo con el recuerdo que teníamos de las temporadas originales. Expediente X ha sido el último caso, una ficción mítica que anunciaba un esperadísimo retorno y que ahora que ha concluido de nuevo, nos toca valorar.

Y no es sencillo porque si algo nos ha dejado el retorno de Expediente X son sensaciones muy contradictorias.

Casi 14 años hacía ya que los agentes Mulder (David Duchovny) y Scully (Gillian Anderson) habían puesto fin a sus aventuras investigando casos extraños, fuera de los límites conocidos de la realidad y la ciencia. Lo habían hecho seguidos de un número de espectadores a la baja pero que habíamos elevado Expediente X a los altares de las ficciones televisivas imprescindibles. Y había ganas, después de este largo reposo, de recuperar sus misterios, ambientación y personajes.

Pero antes la historia nos había quedado inconclusa y este era la primera gran duda, ¿queríamos que esta décima temporada resolviera al menos parte de los grandes misterios? Una de las características de los Expedientes X, es que incluso con 10 temporadas y dos películas, Chris Carter siempre nos ha tenido persiguiendo una ilusión, una resolución que nunca llega. Esta 10ª tanda no supone una excepción.

Y eso, pasado tanto tiempo y tantos capítulos, a ratos ha resultado estimulante pero en muchos otros ha resultado frustrante, un sentimiento que el propio Mulder ha conseguido contagiarnos a sus seguidores.

Expediente X

En el terreno más personal, teníamos ganas de Mulder y Scully. Por el camino hemos visto crecer a sus actores en otras series como The Fall ella o Californication él. Pero los protagonistas de Expediente X siguen siendo dos personajes interesantes, la dinámica entre ellos funciona y su drama personal engancha. Ahora bien, sin elemento sorpresa y el contexto de los 90 que les era propio, han perdido parte de la frescura de su identidad. La introducción forzada de dos agentes más jóvenes que les hacen de alter ego en la segunda mitad de temporada, tampoco ha ayudado demasiado.

Tras la cámara también se han perdido por el camino algunos de los artífices clave de la serie, desde los guionistas Vince Gilligan o Frank Spotnitz a los directores Rob Bowman y Kim Manners. Su aportación fue clave en conseguir un aspecto visual y un tempo que para siempre asociaremos a la serie y que ahora, por su falta y las prisas de tener sólo 6 capítulos, hemos echado de menos. Si bien hay que reconocer que la 10ª entrega ha mantenido cierta vocación de naturalidad y no se ha dedicado a magnificar los efectos especiales, lo que ya la hubiera desvirtuado por completo.

Expediente X

En cuanto a las tramas, Expediente X temporada 10 ha querido mantener el espíritu de las temporadas anteriores al extremo. La serie siempre había sido una alternancia de diferentes tipos de capítulos: había algunos que exponían la existencia de los alienígenas y el papel de gobierno y militares como una gran conspiración, había otros que tomaban un tono humorístico, algunos se centraban en temas más personales para los protagonistas y otros capítulos echaban el freno a la exposición de la gran trama de fondo y se dedicaban a una investigación puntual sobre un monstruo o hecho paranormal concreto. Y eso exactamente es lo que ha sido esta décima temporada, un compendio comprimido en 6 capítulos de todos estos estilos de episodio que habíamos visto en las temporadas anteriores.

La temporada 10 de Expediente X ha sido un concentrado autohomenaje dirigido a los conocedores de las tandas anteriores. Quien no fuera ya seguidor de la serie no entenderá muchísimas referencias, las menciones al pequeño William, ni la aportación clave de personajes como el Director Adjunto Skinner (Mitch Pileggi), el agente Monica Reyes (Annabeth Gish) o el misterioso Fumador (William B. Davis). Un desfile de personajes que ha dejado también muchos, demasidos, fuera. Y que a la vez nos ha dejado la sensación de ponerlo todo patas arriba para volver a despedirse sin nada tangible. Algunos avances, sí, pero contradictorios con la línea anterior y sin ninguna conclusión.

Tener sólo 6 capítulos a disposición y dedicar sólo dos a la gran trama global, obliga a correr y deja la sensación de que todo está planteado demasiado rápido y de forma improvisada. Más cuando el capítulo inicial y el final (precisamente los escritos y dirigidos por Carter), que sí se dedican a la gran conspiración, lo hacen abriendo nuevos hilos en lugar de cerrar los abiertos. Con el agravante de que a pesar de las buenas sensaciones que ha dejado a la Fox tener una audiencia cercana a los 10 millones de espectadores por capítulo, aun no está confirmado que haya una 11ª temporada.

Y así nos sentimos como espectadores, por un lado regalados de nuevo con los elementos que queríamos de una serie mítica, pero por otro estafados por su brevedad y porque nos vuelve a dejar la sensación de que Carter no permitirá que lleguemos nunca a puerto mientras exista la mínima rendija de poder seguir exprimiendo su propia gallina de los huevos de oro. La verdad está ahí fuera pero ya dudamos muy seriamente de que lleguemos a conocerla nunca y el camino cada vez resulta menos atractivo.

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