Los odiosos ocho
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La octava película de Quentin Tarantino regresa al género del western pero sin dejar de lado ese estilo tan particular del director de Tennesse, con sus característicos diálogos, sus gamberradas, violencia y humor negro.

Un caza recompensas llamado John “The Hangman” Ruth se dirige a un pueblo llamado Red Rock para entregar a la forajida Daisy Dormegue, pero un temporal le obligará a detenerse en una posada junto a un variopinto grupo.

Rodada en formato 70mm, la cinta pretende ofrecer toda una experiencia visual para disfrutar en la gran pantalla, o por lo menos las adaptadas, en todo un mensaje de amor por el séptimo arte y lanzando un pulso al imperio digital, aunque prácticamente vaya a ser estrenada en su totalidad en este formato y pocas salas ofrecen la posibilidad de disfrutarla como se debe. La sala Phenomena Experience en Barcelona es una de ellas.

La fotografía de Robert Richardson luce fantástica en unos primerísimos planos muy potentes junto a unos paisajes gélidos, en los que los personajes se arrastran mientras se dirigen al núcleo de la cinta, que no es otro que la “Mercería de Minnie”, donde se desarrolla el meollo y donde el western flirtea con el resto de géneros que se dan cita, desde el thriller hasta el gore, pasando por la comedia. Aquí cabe todo, porque Tarantino utiliza como nadie la narrativa y su potencia visual para ofrecer al espectador esa bizarra mezcla.

Los odiosos ocho

Dividida en 5 actos, “Los Odiosos Ocho” se podría considerar como la versión western de Reservoir Dogs, en otro contexto evidentemente pero jugando con esos elementos más cercanos al thriller, con diálogos mucho más prolongados, un rompecabezas algo más complejo y con mucho más músculo visual.

Y aunque el resultado es mucho más maduro en todos los sentidos que aquella, ciertamente se aprecia un excesivo metraje debido precisamente a esos diálogos que hacen a su vez de macguffin, pero que en lugar de ofrecer algún estímulo, aunque sea visual, nos mantiene atentos a un, en ocasiones, pedante relato que no lleva a ninguna parte, y esto una vez finalizado el viaje es más evidente de lo que debiera.

Pero tiene tantos buenos detalles, sobre todo en su segundo acto, que el sabor que deja finalmente es muy bueno, y justifica esos momentos en exceso alargados, gracias a esa mezcolanza de géneros, a las fantásticas actuaciones, en especial Samuel L. Jackson y Jennifer Jason Leigh, a ese humor que provoca la carcajada canalla, a esa música de Ennio Morricone (repescada de otros proyectos), y alguna que otra escena que sencillamente es una maravilla, como la del piano.

Tarantino ha vuelto a ofrecer un producto muy suyo, alejándose mucho del universo “violent pop” de otras obras como “Kill Bill”, de la absurda complejidad que forma ese micro universo llamado “Pulp Fiction” y del cachondo y sui géneris retrato histórico sobre el nazismo o de los años previos a la Guerra de Secesión, pero sin olvidar sus raíces, su humor y su particular forma de retratar ciertos aspectos raciales y personajes que tienden a escapar de lo políticamente correcto o de la figura pre establecida en la época en que se encuentran.

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