El apóstata
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Gonzalo quiere apostatar. Incorporado a la fe cristiana desde el momento de su nacimiento está decidido a renunciar a ella, pero no le será tan fácil. La película del uruguayo Federico Veiroj nos trae la odisea de un David luchando contra el poderoso Golliat de la iglesia cristiana

Un apóstata es aquel que pide que se elimine todo registro suyo en una determinada religión. Y esto es precisamente lo que quiere hacer el protagonista de “El apóstata” del director uruguayo Federico Veiroj. Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) es un chico que ha decidido que no quiere seguir permitiendo que la iglesia lo cuente como creyente católico y que ya que sus padres no le pidieron la opinión al bautizarlo y él no ha seguido practicando el catolicismo, quiere que la iglesia de su ciudad elimine de sus libros su nombre y su partida de bautismo. Pero mientras vamos conociendo la vida de Gonzalo, su incapacidad de completar los estudios, su relación con su vecina (Bárbara Lennie) y el niño al que da clases (Kaiet Rodríguez), la intimidad prohibida que comparte con su prima (Marta Larralde) y la falta de comunicación con su madre (Vicky Peña), veremos que la Iglesia no está nada dispuesta a ponerle las cosas fáciles para cumplir con su apostasía.

Álvaro Ogalla en El apóstata de Federico Veiroj

Veiroj realiza con “El apóstata” un cine de estilo natural con un protagonista que debuta y una historia sencilla pero bien explicada, aunque reincide en algunos temas y se deja otros para explorar. En conjunto su cinta es una reflexión correcta, no del todo redonda pero con un punto de gracia al girar en torno a un personaje y un núcleo social que no se compromete con nada pero que en cambio pone toda la convicción en querer deshacer un vínculo no elegido y casi anecdótico como es el de la fe cristiana.

Probablemente el mayor problema del film es su protagonista, un chico anodino con el que cuesta bastante empatizar y aguantarse las ganas de sacudir-lo para que espabile de una vez por todas en el caos incoherente que es su vida. Con un personaje al que le falta carisma, Álvaro Ogalla hace lo que puede y sale bastante airoso consiguiendo que ciertos momentos de la película tengan su gracia, sobre todo cuando se enfrenta a ese gigante inamovible que es la iglesia.

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