Querida Diana -creo que después de las emociones que me hiciste sentir la noche del sábado en el Auditori del Fórum, ya no tiene ningún sentido que nos tratemos por el apellido y de usted-, todas las gracias que llevaba encima son bien tuyas. Verás, de ti, me habían dicho que gastabas una cierta altivez y que en el escenario, a pesar de rozar la perfección en la ejecución de cada uno de los temas, desprendías un cierto aire glacial del Canadá que te ha visto nacer. Te ruego que me disculpes por haberme hecho esta imagen vaga de ti, sin haberme dado la oportunidad y el gusto de disfrutar de tu música en persona.

En la presentación del álbum ‘Wallflower’ en Barcelona, entraste en escena después de que lo hicieran el guitarra, el violín, el teclado, el contrabajo y el batería. Lo hiciste con un posado tímido, incluso diría que discreto, y te sentaste al piano mientras la platea y el anfiteatro retumbaban con aplausos. Esto sin ni siquiera haber empezado! Y, de repente, se hace el silencio. Y tú, que tumbas la cabeza, y te recoges el pelo, y nos diriges unas palabras para presentar a los artistas que te acompañan y la gira que te llevará por las grandes capitales europeas, de Estados Unidos, de Asia y de Oceanía.

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También presentas cada uno de los temas antes de interpretarlos. Hablas con voz baja y deprisa, algunas palabras se pegan, y saltas de una cosa a la otra, de un recuerdo a una anécdota, mientras tus dedos saltan de un fragmento musical a otro (Moon River, Blue Moon,…). Eres juguetona y el piano se te lleva. Se nota. Lo sé. Lo veo porque lo he vivido. Cuando encuentras tu instrumento, la seducción es mutua y la música surge de esta unión casi mística. Quizá sea ésta la razón del magnetismo y la sensualidad con que cautivas a tu público y conviertes un auditorio inmenso, lleno hasta la bandera, en un espacio intimista, como si fuera la sala de estar de tu Nanaimo natal, con cuatro radios de anticuario iluminadas y una constelación de micrófonos suspendidos en el aire.

Tu jazz flirtea con el tango, la bossanova y el country como quien no quiere la cosa. Tu magia transforma grandes temas California Dreamin’ de The Mamas & the Papas es casi una canción de cuna- y, contigo, la partitura If I take you home tonight de Paul McCartney deja de ser inédita. En el concierto hay un momento para todo, para que cada uno de los músicos pueda explayarse con libertad y brindarnos solos magníficos, para desnudar tu arte al piano en solitario, para reencontrarte con tus admirados Nat King Cole, Tome Waits y Sinatra, para mirar atrás y pasearnos por el maravilloso Boulevard of broken dreams, hacernos volar hasta la luna (Fly me to the moon) y recordarnos que We just couldn’t say goodbye.

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