Asesinos inocentes
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“Asesinos inocentes” es un film protagonizado por Maxi Iglesias y Luis Fernández aspirante a thriller que se queda en una colisión entre “Torrente” y “Mortadelo y Filemón”.

Ante la estupefacción de los espectadores, la interesante presentación que se dibuja en su inicio se va desvaneciendo minuto a minuto. Un profesor que quiere morir y un alumno que quiere aprobar, sea como sea, para graduarse en psicología. El profesor le ofrece el aprobado. A cambio, lo tendrá que asesinar.

Sobrevivir a la experiencia ha sido uno de los hechos más loables de mi existencia. Aburrimiento en lugar de thriller, risas en lugar de tensión dramática. No sé si con intención o sin ella. Y es que nos encontramos ante un artificio de difícil definición. A pesar de la música, la oscuridad y las deudas el film no encuentra el tono en ningún momento. La artificialidad de unos personajes vacíos y planos, diseñados en base a tópicos, va topando una y otra vez contra una trama que se envuelve y se retroalimenta.

Asesinos inocentes

Las motivaciones de las acciones aparecen arbitrariamente. Los hechos se suceden sin previa preparación y los diálogos, sobre explicativos, parecen obtenidos del manual de un juguete chino. El guión no acaba de funcionar en ningún momento y el trasfondo psicológico que nutre los personajes queda difuminado. Además, Gonzalo Bendala, el director del film, mata el supuesto género con una atmósfera poco creíble. En una dinámica donde el drama sobrepasa los límites de la humanidad para convertirse en una hilera de escenas previsibles. Y esto, no lo salva ni un reparto que no acaba de creerse aquello que interpreta.

Y es una lástima porque la idea original del film podría haber dado mucho sí. Pero todo ello queda en un juego de intenciones. Las incoherencias y, sobre todo, la poca veracidad del que ocurre a la pantalla transportan la historia hacia un esperpento de risas no buscadas. Donde la imaginación del espectador toma el devenir de la película como una insólita partida entre la ironía y la vulgaridad.

Desconocemos cuál es la intención de este título. En el patio de butacas se alimenta el rumor que alguien no saldrá vivo de la sala. Afortunadamente, sobrevivo. Esta colisión entre “Mortadelo y Filemón” y “Torrente”, provoca fugas por todas partes. La película se convierte en una articulación de despropósitos sin límites. Una vulgar construcción de tópicos que acaba por asesinar, inocentemente, la esencia del thriller.

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