Poco después de las 21.30h del día 22 de Abril en el Palau Sant Jordi, aparecía el único e inconfundible Joaquín Sabina. Re-estrenando su más famoso disco, 19 días y 500 noches, el cantautor volvía al escenario barcelonés para ofrecer un concierto emocionante, sentimental e, incluso, familiar.

“Señoras y caballeros, vecinos y forasteros: soñadas en los noventa, hay rimas que se reinventan bajo los mismos sombreros. Ojalá que las reciban y sigan latiendo vivas en sus cómplices oídos. Así que, contra el olvido, contra el ébola y el ISIS, para tiempos de tormenta, bienvenidos a Quinientas noches para una crisis”.

Con esta bienvenida poética recibía Joaquín Sabina a los asistentes. Un público que a poco se quedó de agotar las entradas y que, con su energía y complicidad durante las dos horas de concierto, parecía haber llenado hasta el último asiento. La fuerza y la estima que transmitía la audiencia emocionaron al cantante, mientras dedicaba unas palabras a justificar su existencia. Y, como si del tío Joaquín se tratara, ese tío que vemos muy poco pero que siempre sentimos que lo vimos ayer, y alque le perdonamos todo por el mero hecho de ser él, a Sabina se le escuchó contar su historia, sus penas y sus logros, y se le entendía, se le amaba y sentía.

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“Entre Sgt. Pepper’s y la quinta de Beethoven”, como él mismo decía, se encuentra 19 días y 500 noches, uno de sus mejores discos y una de sus mejores canciones. Por supuesto, público y poeta eran uno solo en el momento de interpretarla, así como con muchas otras. Y, aunque los años pesan, no pasan para Sabina: sufriendo de las secuelas propias de las “sustancias no recomendables para los jóvenes”, de un ictus, una depresión y, claro está, de los años, Sabina no falló en ningún momento. Y aunque desde los asientos se le permitía un descanso incluso durante las canciones, él seguía actuandosin defraudar a su público.

Hace mucha falta nombrar a su maravilloso equipo o, mejor dicho, equipazo de músicos. La conexión encima del escenario entre cantante y músicos era perfecta, definida por el respeto y la amistad mutuos. Así pues, cuando el andaluz salía del escenario después de unas cuantas canciones seguidas para tomar aliento, dejaba al público con la mejor compañía. No solo eran sus acompañantes instrumentales sino un complemento de lujo que deleitaban a la audiencia con sus voces y su ritmo, cada uno con una capacidad vocal y musical únicas.

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Para completar el elenco faltó el gran Joan Manel Serrat, quien según contó Sabina se encuentrade gira por Suramérica. Pero el protagonista de la noche no podía olvidarse de él tan fácilmente y cantó en catalán su Paraules d’amor para redondear la emotiva conexión con su público.

Un concierto perfecto, que se acompañaba de las proyecciones de ilustraciones del propio cantautor, y que hizo de la víspera de Sant Jordi una noche inolvidable. Y aunque en esta crónica se tiene que poner puntuación, los que pudieron asistir al concierto saben que las estrellas elegidas como puntuación serán simples luces de neón. Después de tal despliegue de talento, creatividad y sentimiento, solo se puede desear que todas las noches sean de boda, todas las lunas sean de miel y que todos los conciertos sean de Sabina.

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