Caso para dos
8Nota Final

Una breve y magnífica novela gráfica, editada con el buen gusto habitual por ediciones La Cúpula, compacta y cortante, que nos ofrece un sorprendente y muy significativo flashback sobre la vida de Sally Salinger, la protagonista de los excelentes y peculiares relatos detectivescos de Anthony Pastor.

Caso para dos empieza como uno de esos inolvidables noirs crepusculares de la década de los setenta, mostrándonos a un detective de gesto abatido, con pinta de hippie trasnochado, que merodea una noche anodina por un aparcamiento cualquiera. Robert parece especialmente preocupado: su mujer y su bebé esperan en el coche y, obviamente, él no quiere que les pase nada. Sally Salinger, la mujer de Robert, es ya de hecho una vieja conocida de los lectores de cómics españoles, especialmente de los que disfrutaron de las espléndidas novelas gráficas de Anthony Pastor Castilla Drive y Caramelos atómicos, ambas publicadas, al igual que Caso para dos, por La Cúpula. Ahora, este guionista y dibujante de madre francesa y padre español nos sorprende con esta excelente precuela que nos retrotrae a los tiempos en los que Robert y Sally todavía estaban juntos, para mostrarnos un caso aparentemente “sencillo” que, sin embargo, se complica hasta convertirse en un punto de inflexión en sus vidas. Siguiendo los patrones de la buena literatura pulp, la de James M. Cain o Ross Macdonald, Pastor nos muestra a seres cotidianos y vulnerables, abrumados por sucesos –algunos cotidianos, otros mucho más inesperados– que les sobrepasan. Robert es un detective de poca monta, agobiado por las facturas sin pagar y los gastos derivados de tener un bebé, al que no le gusta la imagen que el espejo le devuelve todas las mañanas. Sally es una joven madre que empieza a ser consciente que ni su marido ni su vida son exactamente lo que ella esperaba. Ambos se verán obligados a trabar contacto con el matrimonio Buenaventura, un par de jubilados que tampoco son lo que parecen…

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En algo menos de cuarenta páginas, Pastor consigue conmovernos con su escritura afilada, que combina con precisión el thriller detectivesco con el “relato familiar”, y también con un detallado dibujo a lápiz y plumilla, con un excelente uso del color que recuerda la maravillosa luz “rebotada” de los filmes policiacos de la Modernidad americana. Un miserable parking envuelto en una atmósfera azulada, anodinos moteles bañados en rojo o el apartamento familiar en melancólicas tonalidades verdosas son motivos suficientes para evocar a la perfección la desazón vital de unos personajes atrapados en unas vidas que definitivamente no les satisfacen. Acérquense a este breve relato, áspero y a la vez emotivo, y descubrirán a un joven pero ya consolidado autor, capaz de conmovernos con su particular sentido del cine (o mejor dicho, del cómic) negro con ribetes existencialistas, Seguro que, tras devorarlo, no podrán evitar –como yo– lanzarse a (re)leer Caramelos atómicos y Castilla Drive.

 

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