Esta entrevista podría haber sido real y hecha un noviembre de algún año a *Färo, Suecia. Pero no lo es de real. Con ella ponemos en marcha una nueva sección, “L’entrevista impossible” que haremos a personas (inicialmente serán directores) que ya no están entre nosotros o personajes de la ficción. La entrevista se ha basado en datos reales de la biografía de Ingmar Bergman.

De una quietud casi angustiosa, en Färo solo hay tres cosas: farallones, agua e Ingmar Bergman. Casi resulta una extensión de su personalidad. Su casa, construida tras rodar su obra maestra “Persona”, se encuentra rodeada por una verja y por la naturaleza del lugar. De madera y de piedra, nada histriónica, sino al contrario, invita a la tranquilidad y al sosiego. Allí nos abre la puerta el mismo Bergman custodiado por enfermeras. Abrigado con una bata de felpa y voz rota nos ofrece un té caliente mientras nos sentamos en el sofá. Bergman deja un libro sobre la mesa. Las palabras de Shakespeare nos acechan. De repente un gato de pelo lacio atraviesa la mesa…

¿Le gustan los animales?

Pues verá, sí me gustan. Tuve un perro con Liv Ullmann durante nuestro matrimonio. Pero al separarnos y ella marcharse se lo llevó junto con nuestra hija. Ahora tengo un gato luterano y un perro agnóstico (ríe). Me gusta su compañía…

Veo que son animales declarados…

Sí. Parece que todos necesitamos una definición, ¿no cree?

Es posible. Definiciones y compañía, y a usted no le falta de nada, vive con cuatro enfermeras…

Soy demasiado mayor. Ellas se encargan de hacer mi dolor más pasajero. Me ayudan mucho. Cuando mi esposa murió me sentí perdido. Ingrid Von Rosen lo era todo para mí. Tengo ganas de reunirme con ella de nuevo.

¿Teme a la muerte?

Llevo toda la vida pensando en eso. A lo incierto siempre se le teme. Esto es lo que he intentado solucionar con mis películas.

¿Y lo ha conseguido?

Dejé la adolescencia tarde, ¿sabe? A los cincuenta y tres años. Crecí de golpe, sin intervalos. Tuve que ordenar demasiadas cosas en mi cabeza. Por aquel entonces ya me había divorciado hasta en cuatro ocasiones y tenía ocho hijos.

No es poco.

Pues no. Y debo reconocer que no lo hice demasiado bien con ellos, pero ahí están y me alegro. Ahora gozamos de una buena relación y ellos y sus propios hijos me visitan. Incluso Liv me viene a ver y me abraza siempre.

Tiene usted fama de ser alguien cariñoso…

Lo soy. Me gustan los abrazos, son el mejor remedio para los males. De niño no gocé de un ambiente demasiado cálido ni familiar. Mi padre era pastor luterano y mi madre enfermera. Mis padres estaban más ocupados en dar una imagen que en dar calor a mis hermanos y a mí. Era un ambiente muy tenso y asfixiante. Con 19 años me peleé con mi padre y me marché…

¿Es lo que recuerda de su niñez?

De niño era más íntegro que ahora. Cuando empezamos a crecer nos estropeamos.

¿Qué películas recuerda de su infancia?

“La bella negra”. Una película sobre un caballo. La vi de pequeño. Años después, mi tía, que era adinerada, le regaló a mi hermano un proyector. Y a mi hermano el cine no le interesaba demasiado, así que le cambié mis soldaditos de plomo por el proyector.

¿Fue un buen cambio?

Perdí batallas… pero salí ganando.

Y a sus padres, ¿les gustaba el cine?

Bueno, lo del cine fue más cosa mía. Mis padres esperaban que yo me pusiera el hábito. Y al final me convertí en director de cine.

Por cierto, nos hemos fijado que está leyendo a Shakespeare…

Sí. “Macbeth”.

Elija una adaptación de esta novela.

“Trono de sangre” de Akira Kurosawa.

¿Por qué?

Siempre he admirado su trabajo. Aunque no por los gritos que sueltan los actores, desde luego.

Déjese de gritos y susurros…

(Ríe) ¡Siguiente!

Dígame una película favorita.

“La carreta fantasma” de Sjöström. Victor trabajaba todo aquello que a mí me interesaba: la muerte, la religión, lo pagano… Y su trabajo con la imagen es verdadera poesía. De joven empecé con pasajes de angustia. Todo en mi vida me llevó a explorar los miedos y la muerte. Y Sjöström fue para mí un referente.

Ingmar Bergman

Bueno… ¡y la pareja! Es usted considerado uno de los directores emblemáticos del matrimonio.

El matrimonio tiene consecuencias: buenas y malas.

¿Qué recuerda de su primer matrimonio?

Cuando me casé con Else todo empezó con entusiasmo, hasta que la ilusión se quedó por el camino.

¿Por eso hizo “Un verano con Monika”?

Posiblemente. En esta película trato el amor de juventud. Todo parece maravilloso hasta que llegan los problemas. ¡Con qué facilidad se desmorona todo! Esto me pasó a menudo, hasta que llegó Ingrid.

¿Y con ella llegó el color?

En todos los sentidos. Ella me apaciguó el alma. Y mi cine también cambió: “Gritos y susurros”, “Cara a cara”, “Fanny y Alexander”… Dejé el B/N atrás.

Dígame, ¿el B/N era una apuesta estética o había algo más?

Cuando era pequeño mi padre solía regañarme a menudo. Cuando el castigo era muy severo me encerraba en una habitación a oscuras. ¡Temía la oscuridad como no se imagina! Un día encontré una linterna de luz tenue y la escondí en la habitación donde mi padre solía encerrarme. A partir de ese momento los castigos cambiaron. Cuando me tocaba pasar por ese calvario cogía mi linterna y proyectaba su luz contra una pared… Imaginaba que estaba en el cine.

Su linterna mágica.

Exacto. He tenido muchas luces proyectadas, sobre todo en mis películas.

¿Con quién le gustaba trabajar?

Max Von Sydow es estupendo. Liv Ullman, un ángel. Y Harriet Andersson la actriz más salvaje que yo haya visto. De un erotismo abrumador. Con ella viví tres años huracanados.

¿Y Sven Nykvist?

Ui, Sven. Nos pasó como a Federico Fellini con Nino Rota. Nos conocimos y ya no nos separamos. Teníamos demasiado en común. En todos los sentidos. Nos costaba estar en casa, en familia. Siempre estábamos trabajando a horas intempestivas. Su trabajo era de un realismo y sencillez extraordinarios.

Como su trabajo…

Bueno, me cuesta hablar de lo que hago, pero… imagino que sí. Desde que dirigí teatro en la universidad quería explorar la tremenda complejidad del alma humana. Y a eso me he dedicado, creo.

Hace usted deshilachados.

No soy muy dado a la costura. Me gusta la antroponimia…

En ese caso debo decirle que mi padre me puso mi nombre por el título de una de sus películas…

¡Bendito sea su papá!

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