Nunca es demasiado tarde
6Nota Final

Llega a nuestras pantallas el largometraje del cineasta italiano afincado en el Reino Unido Uberto Pasolini, “Still Life” (“Nunca es demasiado tarde”). El segundo trabajo, como director, del productor de “Full Monty” es una obra intensa y conmovedora sobre la soledad y la desafección por el prójimo.

Diligente y trabajador, el solitario John May (Eddie Marsan) es un empleado del ayuntamiento de Londres en el distrito de Kennington. Su principal labor es organizar las exequias de las personas fallecidas en soledad, así como, encontrar a los parientes más cercanos y/o amistades. A pesar de ser despedido, siente la necesidad de terminar su última misión: dar con los familiares de un viejo borracho, Billy Stoke.

A partir de un viejo álbum de fotos y de las visitas a conocidos comienza a reconstruir la vida de este último fallecido y entra en contacto con Kelly (Joanne Froggatt), hija de éste. Entre ambos nacerá una amistad que dará color a la monocromática, organizada y tediosa vida de John.

Tras la dirección de Pasolini se sitúa la interpretación de Eddie Marsan, que ha trabajado a las ordenes de Martin Scorsese, Steven Spielberg, Mike Leigh y Bryan Singer, entre otros. En el caso que nos atañe es un pequeño hombre cualquiera, rebosante de humanidad y que llena su propio vacío existencial con un trabajo que, además, está a punto de perder.

Nunca es demasiado tarde

John está solo, no tiene amigos, cena atún en lata y una manzana en su pequeño, triste y extremadamente ordenado apartamento. Siente un gran respeto hacia estas personas que dejan el mundo sin tener nadie a su lado.
Generalmente es el único que va al funeral, se encarga de la música y escribe textos, para recordar a los difuntos, que intenta personalizar a partir de las pesquisas que realiza de cada fallecido.

Pasolini, que asimismo ha escrito el guión y ha producido la película con un presupuesto ínfimo, se ha inspirado en el trabajo real de los funcionarios que organizan los funerales de las personas que mueren solas.

Eddie Marsan, secundario de lujo y que debuta como actor protagonista en esta cinta, pone a disposición de Pasolini su amargo rictus, su aspecto de hombre solitario y gris. Consigue que nos solidaricemos con su pequeña empresa personal y que nos alegremos cuando, casi al final del metraje, parece que su vida empieza a llenarse de una tenue luz.

Se trata de una película pequeña, una historia sobre la soledad y de como nuestra actitud y errores hacen que nos distanciemos de los seres más queridos. Pese a no ser redonda, “se deja ver” y consigue que nos cuestionemos cuan responsables somos, con nuestras actitudes y toma de decisiones, de la vida que llevamos y de la muerte que nos espera.

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