La jungla interior
4Nota Final

Antes de emprender una larga expedición científica por el Pacífico, Juan lleva a su novia Gala al pueblo donde transcurrió su infancia. Durante la visita, la pareja habla de planes de futuro y afloran profundas diferencias. Cinco meses después, cuando Juan regresa a casa, descubre que su vida está a punto de cambiar para siempre.

La película establece dos paralelismos un tanto obvios: la búsqueda por parte de Juan de un mosquito y de una orquídea (que necesita de aquel para ser polinizada) casi extinguidos en una isla del Pacífico, y la relación entre el propio Juan y su pareja Gala/orquídea necesita a Juan/mosquito para quedarse embarazada pero éste no tiene ninguna intención de “perpetuar la especie”, por lo que ella acaba auto fecundándose después de la innecesaria secuencia de masturbación y posterior eyaculación.

La historia se nos narra en dos tiempos, el previo al viaje, donde la pareja visita la casa de la fallecida tía Enriqueta en el pueblo donde transcurrió la infancia de Juan. Revuelven entre sus recuerdos y viejas fotografías y empezamos a conocer la historia de la pariente fenecida. Empezamos y acabamos, es una lástima que no se profundice más en las andanzas de la tía Enriqueta, a todas luces más interesantes que las de la pareja protagonista. Es en esta vieja casa familiar donde el insecto/Juan le deja claro a la flor/Gala su intención de no tener descendencia, y el posterior al regreso de Juan de Isla del Coco (Costa Rica) -obsesionado con el embarazo de Gala del que se entera allende los mares- con todo el proceso de preñez (primerísimos planos de estrías incluidos) hasta llegar al parto, secuencia explícita y también prescindible.

La jungla interior

En palabras del realizador, Juan Barrero, con esta película, estrenada en la Viennale y ganadora del premio “Nuevas Olas” en el Festival de Cine Europeo de Sevilla: “…trataba precisamente de construir un puzzle con mi propia piel; escribir cicatrices con forma de imágenes y sonidos; pronunciar una confesión íntima; hacer una declaración de amor; mirar un pequeño fragmento de mi vida reciente como quien mira los cuerpos calcinados de los antiguos pompeyanos: ciudadanos anónimos sorprendidos hace 2000 años por la lava de un volcán, de quienes -por azar-, aún nos quedan unas cuantas huellas…”

El resultado es un tanto narcisista, “auto retratista”. El conato de ingeniería erótica se torna en una vaga impostura pretenciosa. Asuntos como la fertilidad, la maternidad, los cambios hormonales, la asunción de responsabilidades, conflictos de pareja, etc. se quedan en el tintero subyugados por una pretendida atmosfera hipnótica y reflexiva de la balbuceante (cámara en mano) visión subjetiva de Juan Barrero, camarógrafo, director, director de fotografía, montador, actor y eyaculador (¡un renacentista!)

Metáforas y hallazgos estéticos a parte, la película se antoja vacua y carente de interés, ni siquiera como experimento visual.

A destacar, eso sí, la interpretación y los primerísimos planos de la actriz/violinista, Gala Pérez Iñesta en la casa de la ya mencionada pariente difunta.

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