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Una familia de Tokio
8Nota Final

Que te presenten una película como un homenaje a una obra maestra del cine, hace que uno se ponga en guardia. ¿Quién es el valiente que se ha atrevido a tal desafío? En muchas ocasiones este tipo de atrevimientos llevan al desastre más absoluto, y si no que se le pregunten a Gus Van Sant por su “homenaje” a “Psicosis”. En esta ocasión la película homenajeada es “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasujiro Ozu, considerada una de las mayores obras maestras de todos los tiempos. Y el alumno valiente, el veterano Yoji Yamada , que a sus 82 años deja de lado a sus samuráis para presentar “Una familia en Tokio”, el traslado de “Cuentos de Tokio” a la época actual.

Yamada conserva los principales rasgos de la sinopsis original, la visita a Tokio de una pareja de ancianos para reencontrarse con sus hijos y enfrentarse cara a cara con sus problemas familiares, fruto del contraste entre expectativas y realidades provocadoras de resignaciones y melancolía. Eso sí, ahora el tren que les lleva a Tokio es de alta velocidad, los GPS les guían a sus destinos, los móviles están a la orden del día, y las referencias al terremoto y tsunami de Fukushima resultan inevitables.

Fotograma de "Una familia de Tokio".

Los tiempos cambian pero las relaciones familiares a penas lo hacen. Una madre dulce y generosa (Kazuko Yoshiyuki) y un padre (Isao Hashizume) refunfuñón y desencantado con lo que hacen sus tres (uno menos que en “Cuentos de Tokio”) hijos: el mayor (Masahiko Nishimura), un ocupado médico ; la mediana (Tomoko Nakajima), que bastante tiene con hacer funcionar su negocio; y el pequeño (Satoshi Tsumabuki), quien quizá refleje el aspecto más moderno del grupo familiar, sufriendo el problema del paro i viviendo en un piso de apenas 30 m2. Se le añade el personaje de la novia del joven, interpretada por una muy dulce Yu Aoi, un elemento muy importante en esta segunda versión.

Fotograma de "Una familia de Tokio".

Aún así, parece que Yamada prefiere centrarse en aquello que apenas ha cambiado en medio siglo. Y lo muestra como ya lo hizo Ozu, a base de esos retratos de familia en forma de planos fijos, hogareños, contemplativos, y dicho sea de paso, algo anticuados. Una forma de rodar que pese a su regusto a carcoma sigue funcionando para mostrar lo mismo, y que sumado a las buenas interpretaciones por parte del grupo principal de actores, hace que uno acabe conectando con esa entrañable familia durante la película y la lleve consigo tras la proyección. Un mérito de Yamada, al que le honra su humildad ante un proyecto que, claro estaba, no iba a competir con el original.

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