La fama de Trentemoller ha ido subiendo como la espuma. Desde aquel lejano 2006 en el que publicaron “The last resort” su éxito no ha parado de crecer. No es de extrañar, ya que su brillante eclecticismo le permite pasar de un tema al más puro estilo house, hasta el de su sello principal, el minimal, y finalmente conreando el indie e incluso temas con una presencia de batería y guitarra que no me ruboriza calificar de surf (aunque jugando sobre seguro ya que el propio Trentemoller se definió así mismo en una entrevista reciente).

La sala donde nos brindó su actuación de ayer, no podía estar más bien elegida, la mítica (y bellísima) Joy Eslava, con una decoración clásica, rozando el barroquismo en el más positivo de sus significados. Una sala con este contexto que uno asociaría a un acústico o al cabaret, y que demuestra que la belleza está en los contrastes. Además, el aforo era pequeño, unas 500 personas, lo que permitió no estar apretados y poder disfrutar de Trentemoller sin ver al grupo demasiado lejos.

Con puntualidad nórdica, saltaron al escenario los miembros de la banda. La preciosa escenografía (diseñada por el batería Henrik Vibskov) y la cantidad justa de humo combinada con una iluminación para nada excesiva, otorgaron un conjunto íntimo a la vez que festivo.

Nada más entrar en calor, el público tuvimos claras sus intenciones, combinando temas de lo más bailable con emocionantes canciones interpretadas por la tremenda voz de la chica que les acompañaba (Anne Trolle). Especialmente destacables resultaron también los indispensables visuales (realizados por el video artista Katja Boom), que como todos los elementos del concierto, no sobresalía del conjunto sino que aportaba las dosis necesarias de ambientación.

Siempre se ha dicho que la nota de calidad que distingue al músico danés son los innumerables filtros con los que impregna sus temas. Ayer en Madrid pudimos comprobarlo en directo, donde además del bajo, sus sintetizadores la batería y la guitarra, pudimos ver desfilar infinidad de pequeños instrumentos que otorgaban densidad y cuerpo al conjunto.

Como era de esperar, los momentos álgidos vinieron de la mano de “Moan” y “Sycamore feeling“. Especialmente sublimes y emocionantes fueron los primeros acordes del tema (ya un clásico de nuestros días) “Miss you“. La banda hasta dejó solo a Trentemoller con un xilófono, y con ello nos mostró la razón por la que hemos de ver música en directo, ya que resulta indescriptible y emocionante vivir cómo un hombre con un instrumento tan primario puede hacer vibrar a quinientas personas totalmente integradas.

En definitiva, un concierto que no solo respondió a las expectativas, sino que las superó con creces.

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