Oliver Stone vuelve a las pantallas con la segunda parte de Wall Street, película que firmó en los ochenta y que constituyó un gran éxito de público y una trama de cierto interés sobre el retorcido mundo de los ejecutivos especuladores norteamericanos. El título de esta última es Wall Street 2: El dinero nunca duerme (Wall Street: Money never sleeps) y se estrena el día 8 de Octubre en los cines del país.

El protagonista originario de la historia, Gordon Gekko, interpretado por un maduro Michael Douglas (Atracción fatal, 1987, Instinto básico, 1992), es ahora un convicto cuya pena finaliza en el año 2000. Al ser liberado, no le espera nadie, ni siquiera su propia hija Winnie (Carey Mulligan) que está resentida al creerle responsable de la muerte de su hermano. Ésta vive con su pareja, Jake Moore (Shia LaBeouf), un agente de patentes ambicioso, especializado en la inversión en energías limpias.

Gekko comprueba que el mundo de las finanzas se ha vuelto aún más competitivo y arriesgado para el inversor que cuando él dominaba el mercado y anuncia su peligrosidad en libros y conferencias. En una de ellas conoce a su futuro yerno, que le recuerda a él mismo en su etapa de juventud.

Resulta interesante la reflexión moral acerca de las causas de la crisis económica actual y el guiño a desplomes alarmantes como el caso “Madoff”. Sin embargo, en conjunto, el guión es previsible y repite parte del esquema del primer film, del joven impetuoso que busca derrocar al veterano con su nueva visión de los negocios. Incluso llega a caer en la ingenuidad más absoluta en varios momentos, presentándonos a algunos personajes como auténticos retrasados mentales, cuando presumiblemente son mentes preclaras del capitalismo mundial.

La interpretación de los actores es aceptable pero la incongruencia de la historia no ayuda a hacer creíbles sus diálogos y actitudes. Michael Douglas se mantiene digno en su papel de villano, aunque no incorpora aspectos novedosos con respecto a su interpretación primigenia. Supuestamente se trata de un manipulador que engaña a todo el mundo, pero lo más probable es que el espectador vea el peligro a kilómetros, a igual que en las películas de terror mediocre en las que las víctimas cometen errores incomprensibles, uno tras otro, cayendo finalmente en las garras del histriónico asesino.

Shia LaBeouf (Transformers, 2007, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, 2008) aporta algunos detalles atractivos a su personaje, pero debido a los graves problemas del planteamiento narrativo, parece incoherente en diversas ocasiones.

Carey Mulligan (An Education, 2009, Brothers, 2009), pareja de LaBeouf en la ficción, no transmite todo lo que debería y se pasa la mayor parte del film con la misma expresión constreñida y apesadumbrada. Tampoco le ayuda en modo alguno el guión. Éste se vuelve maniqueo en numerosos fragmentos. Incluso el magnífico actor Josh Brolin, al que ya vimos en No es país para viejos, de los hermanos Coen (2007), desempeña un rol sin demasiados matices, aunque acaba por convertirse en uno de los mejores del largometraje.

La planificación de las secuencias pretende ser “moderna”: La cámara se mueve constantemente de un personaje a otro y a veces cuando está encuadrando a uno solo de ellos. Al abusar de este recurso hasta en conversaciones íntimas en las que sería más apropiado un rodaje más sosegado, con un montaje de plano-contraplano (es decir, viendo primero a un actor y a continuación, por corte, la reacción del otro), agota nuestra atención y recuerda a la estética de un videoclip acelerado en lugar de una película de ficción.

El director de fotografía, Rodrigo Prieto, célebre por sus trabajos en Amores Perros, de González Iñárritu (2000) y Brokeback Mountain, de Ang Lee (2005), se caracteriza por el empleo con maestría de la “steadycam”. Es un soporte de la cámara que se ajusta al cuerpo del técnico y le permite trasladarse con ella y corregir encuadres con suavidad. Es decir, se trata de un artefacto con el que es posible seguir a personajes o realizar desplazamientos sin mayores vibraciones. Sin embargo, en Wall Street 2, parece que se busca hacer evidente la presencia del operador con brusquedad, para imprimir ritmo y agilidad a la escena, y lo que provoca es cierto aturdimiento en varios momentos. Otras secuencias han sido rodadas con solvencia y profesionalidad, por lo que se hacen más evidentes las diferencias con el resto.

Por el contrario, son impactantes los planos de los rascacielos con efecto de acelerado y las panorámicas llevadas a cabo en apariencia con grúa o cabeza caliente, aunque tal vez hayan sido generadas por ordenador. Fuera como fuere, el resultado está muy logrado.

Las altas cifras de recaudación en Estados Unidos indican que la cinta ha llamado la atención de los espectadores en aquel país. Probablemente respondan a la fama recogida por la primera parte o por una excelente campaña publicitaria. O quizás haya logrado entretener a más de uno. En mi caso no fue así y sólo podría recomendar el film a aquellos amantes de las teorías económicas con deseos de descubrir las verdades y mentiras de un guión que resulta falso y aburrido para una inexperta en el campo de las inversiones financieras.

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