Las adaptaciones literarias siempre son difíciles, una especie de arma de doble filo, que por un lado proporciona un material de partida muy valioso, pero que impone sus condiciones, en ocasiones imposibles de plasmar en un guión. Cuando además se trata de un relato tan conocido como Alicia, la complejidad se multiplica, y eso que, como ocurre con otras obras populares, son pocos los que la han leído y en realidad su conocimiento se basa en otras adaptaciones cinematográficas anteriores, que son numerosísimas, desde el cine mudo hasta barrio sésamo, pasando por las inevitables versiones porno.

Desde el punto de vista puramente comercial también supone un desafío porque los espectadores tienen una idea concreta de cómo deben tratarse sus personajes favoritos, y no están dispuestos a aceptar cualquier cosa. Por otro lado, Tim Burton es un director con una enorme legión de seguidores, incluso entre los que no son aficionados al género fantástico, hasta el punto de que parece el único capaz de enfrentarse a un reto semejante. Parecería un encargo hecho a su medida.

Y desde luego no creo que la película defraude a sus incondicionales. De momento ha batido records de taquilla allí donde se ha estrenado. No entusiasma para nada, pero se deja ver con simpatía sin resultar aburrida. Tiene incluso algunos hallazgos creativos interesantes, en concreto la animación de animales antropomórficos. El hecho de ver hablando a un perro o una rana no es precisamente una novedad, y sin embargo es justo decir que, cuando se hace bien, puede dar como resultado unos personajes muy especiales. Ya lo decía Fernando Fernán Gómez, entre los dibujos animados también hay buenos y malos actores. Además la dirección artística está cuidada con mucho mimo. El realizador sabe rodearse de colaboradores con mucho talento, para crear de la nada un mundo a la vez fantástico y creíble.

Burton ha afirmado que ninguna de las versiones anteriores de Alicia le ha interesado, algo curioso puesto que la más famosa adaptación es la de Disney de 1951, es decir la misma productora que financia su película en la actualidad. Pero mirado más atentamente implica que tampoco le gusta demasiado la propia versión de Lewis Carroll. Ha dado a entender que la historia era poco más o menos que una sucesión de situaciones aisladas, vagando al azar de un personaje loco a otro, y con la que nunca ha llegado a conectar emocionalmente. Desde luego hay que darle la razón en que en el libro (o los dos para ser correctos, “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” y su continuación, “Tras el espejo“) no se encuentra el típico hilo conductor que se estila en las narraciones cinematográficas. De hecho es casi un manifiesto surrealista escrito con medio siglo de anticipación. Y por tanto es comprensible que hayan decidido inventar una trama que le diera (un nuevo) sentido. Por ejemplo Alicia ya no es una niña sino una mujer a punto de casarse. Y el sombrerero loco, al estar interpretado por Johnny Depp adquiere mucha más importancia, hasta el punto de que casi se adivina un romance entre ambos, una interpretación que ha negado el director.

Es decir, que el guión es una adaptación libre, ese eufemismo que se utiliza cuando cualquier parecido con el original es pura coincidencia. Evidentemente en este caso, para evitar la ira de los aficionados, han conservado varios de los elementos más reconocibles como el gato de cheshire o el conejo blanco, pero cambiando su esencia para adecuarlo a los moldes de Hollywood, de tal forma que no se diferencia mucho de tantas otras películas actuales: un cóctel edulcorado, con toques de humor y salpicado de escenas de acción, para que guste a la mayoría de espectadores potenciales. Lamentablemente algunos cambios son aún menos afortunados. El final de la película es una batalla absurda contra un dragón, calcada del modelo habitual de espada y brujería, en la que la única novedad consiste, en un alarde de pseudofeminismo, en que en lugar de un héroe masculino, es la propia Alicia la encargada de luchar contra él.

Otro de los hipotéticos alicientes para elegir esta cinta es que se estrena en 3D. Se trata de una técnica prometedora pero que, al menos hasta ahora, no añade apenas valor a la experiencia cinematográfica, más bien al contrario, ya que impone a los creadores ciertas limitaciones a la hora de planificar la realización. De momento tan sólo es un reclamo un poco burdo para recuperar a los espectadores, aunque es de suponer que llegará un punto en que estas dudas iniciales sean superadas por un cambio más profundo en el lenguaje, que saque verdadero partido a la tercera dimensión. En este caso hay que apuntar que Alicia no se ha rodado en 3D, sino de forma convencional en 2D. Ha sido después, en postproducción, cuando se han añadido los efectos de profundidad, algo que no ha gustado a los nuevos misioneros de esta moda del cine en relieve. A propósito de la polémica, James Cameron, el supremo sacerdote, que no suele cortarse demasiado al hablar de sus colegas de profesión, y que además ya ha criticado con dureza otras películas de Tim Burton, se ha expresado con total claridad: no tiene ningún sentido.

Por otra parte, tampoco hace falta llegar a ese grado de purismo. Gracias al particular sistema de trabajo empleado en este film, resultaba relativamente fácil la modificación a posteriori. La mayor parte de los planos con actores se han rodado en estudio, con un fondo verde, sin decorados, ni atrezzo, ni siquiera extras, tan sólo los protagonistas. Después se dedicaron a crear los fondos, por lo que al tener cada término por separado era factible otorgarle distinta sensación de profundidad. Ken Ralston, el supervisor de efectos, ha dicho que el referente más cercano era ¿Quién engaño a Roger Rabitt?, porque hay muy pocos elementos naturales y casi todo era animación generada por ordenador. Pero incluso estos escasos recursos reales están modificados. No sólo se ha manipulado lo más obvio como la exagerada cabeza de la reina roja (Bonham Carter), sino que hay toda una batería de trucos muy sutiles alterando las imágenes. Por ejemplo el tamaño de los ojos del sombrerero (Depp) también está aumentado casi un 15%. Del personaje de Stayne (Glover) sólo se conserva la cara, y tanto el cuerpo como la ropa son animados. Desde este punto de vista técnico, el film es un éxito, sobre todo porque el planteamiento visual era muy ambicioso. El acabado que se buscaba era esencialmente naturalista aunque sin perder el toque de fantasía. La tecnología permite acercarse cada vez más al aspecto fotorealista, pero se requiere verdaderos artistas para lograr el delicado equilibrio entre la apariencia de una caricatura, típica de los dibujos animados y una figura real.

Es importante aclarar que, a pesar de la publicidad, no se trata de una película para niños, al menos no para los más pequeños. El libro tampoco lo era, pero más que nada porque lo mejor de la obra de Carroll, el humor ácido e inteligente de sus diálogos no estaba orientado para ellos. Se trataba más bien de una excusa para poner patas arriba las convenciones de la época, sin tener que dar demasiadas explicaciones. En cambio el largometraje de Tim Burton, que prescinde de ese juego adulto, es poco recomendable por su carácter violento. Y está relacionado con lo que se acaba de explicar acerca de los efectos especiales. Cuando la imagen de un film se aparta de la apariencia estilizada de los dibujos animados, y se muestra con un aspecto fotorealista, el tono de la narración cambia por completo. Nos parece muy divertido, por poner un ejemplo, que el coyote del correcaminos caiga encima de un cactus, pero si se nos muestra una representación aparentemente real de este personaje, atravesado por espinas y llorando de dolor, la impresión es tan fuerte que el espectador acaba irremediablemente sobrecogido. En concreto, en esta película hay un momento en el que a un monstruo le sacan un ojo, y el plano es muy gráfico. Y aunque a lo largo del metraje Alicia es capaz de curarle e incluso hacerse amiga suya, es una visión de las que no se olvidan.

De hecho la versión de Burton tiene un aire mucho más oscuro y cruel que el original. En el guión cinematográfico se otorga una justificación muy concreta a la locura de los personajes: la reina roja ha convertido su mundo en una pesadilla. Tiene a sus habitantes sometidos y aterrorizados, una especie de reino de terror que les ha hecho perder la razón. Da la impresión de que hubiera podido ser un terreno fructífero para el realizador, mucho más personal, si se hubiera atrevido a explorado con todas sus consecuencias. Sin embargo no acaba de decidirse, o no le han permitido hacerlo, entre el producto comercial, supuestamente para todos los públicos, y la obra de autor que le habría gustado, ya que eso hubiera supuesto una taquilla potencial mucho más restringida.

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